Se hace tarde.
Siempre se hace tarde.
Y uno espera, mayormente espera.
Olvidé el reloj hace ya un tiempo, no recuerdo bien donde.
O más bien nunca supe, porque un momento lo tenía conmigo y de pronto ya no lo tenía.
No fue esa la última vez que miré mi muñeca desnuda, más pálida entonces que el resto de la mano y brazo.
El hábito es duro de romper.
Insiste.
Todavía de cuando en cuando levanto un tanto el brazo para mirar la hora.
La piel es toda ahora de un pálido uniforme.
Salvo por el costurón sedoso en el endorso.
A éste no lo veo tanto como lo toco.
Otro hábito insistente éste de llevarse cada tanto la mano a la muñeca.
La izquierda primero.
Después la derecha.
Y pasar una, dos, tres veces el pulgar rugoso contra el cordón de seda lacre.
Se había hecho demasiado tarde. Me quité el reloj culpable y lo puse a un lado. Creo que estaba en el baño de un café o un cine.
(En cualquier caso, era un baño público, de los que trato de evitar a toda costa).
Y, por cierto, olía mal.
A humanidad.
Recuerdo (y de esto estoy bien seguro) que al entrar yo al baño salía un rinoceronte que ocupó toda la puerta y lo maldije. Le dije que se fuera a meter la cabeza cornuda en su propia mierda y que mal rayo lo partiera por cagón.
No me hizo caso alguno.
La gente rara vez hace caso.
Y uno se cansa de maldecir en vano.
Fue tal vez por eso que al verme en el espejo al irme a lavar las manos tuve la certeza de que ya no había nada que hacer, que ya era demasiado tarde para todo.
Miré el reloj.
Liadísimo aparato irreverente.
Tenía los brazos en cruz, levemente levantados en un amplia V de victoria.
Fue entonces que me lo quité, sobresaltado del prodigio y de la hora.
Fue uno de los elefantes que frecuentan los lavabos públicos el que me encontró un poco más tarde y armó tal alboroto que ya no pude seguir tranquilamente lavándome las manos, que no cesaban de ensuciarse.
The Online Literary and Cultural Journal of the Graduate Students of the Department of Spanish and Portuguese at the University of California, Irvine.