Historia De Mis Timbres: 1930-2005

Seymour Menton

Si no recuerdo mal, Rubén Darío escribió Historia de mis libros. Guardadas las proporciones, o modestia aparte, yo también he escrito sobre el mismo tema, pero sólo para el Departamento de Libros Raros y Colecciones Especiales de la Biblioteca de la Universidad de California, Irvine. Sin embargo, tengo que admitir que Pablo Soler Frost es el primero en pedirme la historia de mi colección filatélica. . . lo que me evoca muchos recuerdos.
            Cuando le dije a mi hijo incrédulo que mi papá me había iniciado en la filatelia cuando yo apenas había cumplido tres años, no me creía. Acostumbrado a las exageraciones macondinas de mi precocidad, desconfiaba de mi afirmación hasta que le mostré mi primer álbum Scott con la fecha de los derechos legales: ¡1930!
            En realidad, la historia de mi vicio filatélico está dividida en varias etapas. La primera, que empezó en 1930, duró hasta 1943. Como tantos niños en esos años, coleccionaba los timbres más baratos de todo el mundo sin fijarme en la calidad de cada uno. Mi papá me compraba muy de vez en cuando --porque no sobraba dinero para juguetes y otras frivolidades-- paquetes de cien timbres distintos con la idea de fomentar mi curiosidad geográfica.
            La segunda etapa coincidió con el primer cruce arquetípico del umbral. Al terminar los estudios en la escuela secundaria, comencé a trabajar de mensajero en las oficinas de ESSO, Standard Oil of New Jersey, en Rockefeller Center durante el verano y luego, después de matricularme en la City College of New York, entre las 2 y las 5 de la tarde. Ganaba muy poco pero el sueldo se complementaba con los sellos postales de Curaçao, donde la Creole Petroleum Corporation, sucursal de la ESSO, tenía sus refinerías. Al llevar el correo de departamento en departamento dentro del rascacielos RCA, cultivaba la amistad de las secretarias quienes se divertían llenándome de timbres los bolsillos de todos mis artículos de ropa. Cada noche, después de cenar, bañaba los centenares de timbres en la tina de nuestro departamento en el Bronx para separarlos de los sobres. Una vez secos, los agrupaba según el valor, desde los diez centavos hasta los diez gulden. Los fines de semana hacía un cambalache con el primer comerciante de timbres que conocí. Se llamaba Arthur Rich, soltero sesentón cuya falta de dientes desmentía su apellido. De todos modos, él ponía a la venta ciertos lotes de timbres en varias tiendas del barrio. A cambio de los timbres de Curaçao, él me daba las series cortas (hasta un chelín) de los paisajes con el retrato de Jorge VI de las colonias británicas. Esos timbres le encantaban a mi papá porque el diseño era sumamente fino, el mejor del mundo entero. Papá era aparadorista y pintor dominical pero siempre envidiaba a su hermano menor, no por su indecisión genética, sino por la precisión con que pintaba-- trabajaba de artista comercial haciendo etiquetas de toda clase.
            La tercera etapa de mi carrera de coleccionista corresponde al comienzo de mis viajes internacionales. En junio de 1948, salí por primera vez de los Estados Unidos para inscribirme en el programa de la maestría en Filosofia y Letras de la U.N.A.M., ubicada en ese entonces en el edificio colonial de Mascarones por San Cosme. Tanto en México como en otros países latinoamericanos y europeos hasta los años setenta, no dejaba de buscar la ventanilla filatélica del correo central para gastar un máximo de diez dólares por las emisiones actuales de México, Guatemala, Costa Rica, Holanda, Francia, España y aún de Andorra.
            No llegué a semi-profesionalizarme de filatelista (cuarta etapa) hasta mediados de los años setenta gracias a una combinación inverosímil de dos personas. Mi hijo Allen, al llegar a la edad madura de los diez años, comenzó a coleccionar timbres de los Estados Unidos, pero con una precisión intensa. Lo llevaba de vez en cuando a los correos californianos donde los empleados encargados de vender las nuevas emisiones pronto llegaron a temblar de miedo cada vez que lo veían. Antes de decidirse por cualquier timbre, Allen examinaba las perforaciones, medía los márgenes y buscaba manchitas en la goma por pequeñas que fueran para rechazar el timbre mientras reclamaban los clientes detrás de él en la cola. De todos modos, Allen me enseñó que el valor del timbre varía mucho según la condición.
            El otro individuo que contribuyó a semi-profesionalizarme admiraba mucho a Allen. Era mi amigo y ex-colega, catedrático de historia de Mittel Europa ya jubilado y especialista en las estampillas de los zepelines, Henry Cord Meyer. Este sí era profesional ciento por ciento quien me contagió de las subastas porque él ya no podía manejar por viejo y me tocaba llevarlo el último sábado de cada mes a las oficinas de Peter Kennedi en Encino para examinar los timbres que se iban a vender a subasta el martes siguiente para luego ir a Los Angeles a competir en las ofertas.  Lo más extraño es que Henry me enganchó por primera vez mientras que yo pasaba el verano de 1977 en Colombia terminando mi libro sobre la novela colombiana, Planetas y satélites. Después de que regresé a Irvine a fines de agosto, Henry me sorprendió con una buena colección panorámica de Colombia que él me había conseguido en $275., una verdadera ganga. De ahí en adelante, ya estaba enviciado. Rellené los huecos de esa colección por medio de un buen amigo colombiano para quien yo conseguía billetes de los Estados Unidos emitidos en distintas ciudades del sistema Federal Reserve. Cuando me invitaron a Bogotá en 1979 a servir de jurado en un concurso de novela colombiana, llegué de madrugada e inmediatamente después de depositar la maleta en el Hotel Tequendama, tomé un taxi a la casa de mi amigo filatelista. Me dijo que los médicos lo habían condenado a morirse de enficemia agravada por el clima frío y lluvioso de Bogotá y él no quería volver a vivir en el calor tropical de Cartagena, que pondría en peligro sus estampillas. Puso a mi disposición toda su colección e insistió que yo escogiera las estampillas colombianas que me faltaran. De esa manera mi mancolista colombiana se redujo en un 90%, y pocos meses después mandé un pésame muy sincero a la viuda.
            Cuando mi esposa Catalina se quejaba de que yo estaba gastando demasiado dinero en los timbres, le prometí que como homenaje a ella, me iba a limitar a los países latinoamericanos que comenzaban con la letra C: Colombia, Cuba, Costa Rica y Cuatemala. La única excepción era México donde los dos habíamos llegado a soñar en español, en distintos momentos. Mientras trabajaba en mi libro sobre la narrativa de la Revolución cubana a principios de los 70, se me ocurrió tratar de conseguir todas las estampillas emitidas por el gobierno revolucionario a partir de enero de 1959. Era un verdadero desafío porque el gobierno del presidente Eisenhower, entre sus intentos de derrocar a Fidel Castro, prohibió la venta en los Estados Unidos de estampillas cubanas y hasta prohibió que el Catálogo Scott incluyera las emisiones post-1959. Para manifestar mi oposición a esa política, hice cuantos viajes pude a México para comprar las estampillas revolucionarias de Cuba en la Filatelia Mussot en Tíber 99, cerca del Monumento a la Independencia. Además, en la primavera de 1980, acepté una invitación a participar en un congreso sobre el cuento latinoamericano celebrado en la Sorbona de París, con el propósito secreto de comprar el catálogo Yvert et Tellier en una filatelia cerca de la Place de la Nation, el cual sí incluía las emisiones peligrosas. Por casualidad, en ese mismo congreso, conocí al cuentista y ex-filatelista cubano Antonio Benítez Rojo, quien unos meses después me contó en California con lujo de detalles cómo se había escapado de su compañero-vigilante Sergio Chaplé para pedir refugio en la embajada de los Estados Unidos ¡en Berlín!
            En cuanto a Cuatemala, mis lazos sentimentales remontan al verano de 1958 cuando Catalina y yo pasamos la luna de miel enseñando los dos en la Escuela de Verano, no de la U.N.A.M. sino de la U.S.A.C., Universidad de San Carlos. También estaba yo terminando mi primer libro de investigación, Historia crítica de la novela cuatemalteca (1960).  A pesar de tanto trabajo, logré apartar treinta y siete minutos para entrar en el correo central en la Séptima Avenida --viejo edificio rosado y espectacular--, encontrar el departamento filatélico y depositar un cheque de cincuenta dólares para que me mandaran todas las nuevas emisiones hasta que durara el dinero. Hasta la fecha han cumplido a las mil maravillas. No volví a Cuatemala hasta 1981 cuando el Dr. Francisco Albizúrez me invitó a preparar una segunda edición de mi libro. Además de leer las nuevas novelas y de entrevistar a muchos novelistas jóvenes, pasaba el tiempo esquivando las balas y las bombas y jugando tenis. Era una época muy difícil, una lucha a muerte entre los guerrilleros y los militares respaldados por los paramilitares. Abundaban los desaparecidos cuyos parientes presentaban diariamente sus denuncias en las oficinas del periódico Prensa Libre. Como yo todavía era relativamente joven, me atrevía a salir de noche para asistir a las reuniones de la Sociedad Internacional de Filatelistas Cuatemaltecos, que pese a su nombre altisonante, no constaba de más de unos veinte viejos. Aunque no había una sola filatelia en todo el país, entre los socios conocí a Alfredo Izás Rivadeneira quien me invitó a su casa para ofrecerme unas verdaderas rarezas. Por él también supe que el rector de la Universidad de San Carlos, el biólogo Mario Dary Rivera, hombre apolítico, también era coleccionista.  A pesar de que la Universidad estaba en un verdadero estado de sitio y casi todos los estudiantes izquierdistas habían sido asesinados o habían huido del país y ningún catedrático de literatura se atrevía a incluir las novelas del Premio Nobel Miguel Angel Asturias en sus cursos, pude conseguir una entrevista con el Dr. Dary y hablamos muy en serio durante una hora sobre la situación política del país y sobre las grandes ventajas del pasatiempo filatélico. Dos meses después, estando yo de vuelta en California, salió en la prensa la noticia del asesinato de Mario Davy en el estacionamiento de la USAC. En diciembre del mismo año descubrí que la Sociedad Internacional había publicado un álbum especializado para timbres cuatemaltecos. Lo compré y lo rellené con la ayuda de J.C. Andrews y de Jack Jonza, miembros de la Sociedad radicados respectivamente en dos pueblos del estado de Nueva York, Troy y Vernon.
            Para Costa Rica, francamente no puedo recordar ninguna anécdota interesante. Catalina y yo pasamos el año lectivo de 1960 en la Universidad dirigiendo un grupo de alumnos de la Universidad de Kansas, entre los cuales se destacaba una ninfómana que atrajo la atención de un diplomático norteamericano casado con cuatro hijos. Este episodio no impidió que visitara de vez en cuando el correo central de San José para adquirir las nuevas emisiones.
            La quinta etapa de mi carrera filatélica data de 1987. Al cumplir los sesenta años, decidí que ya era hora para volver al lugar de donde había salido (recuérdese Doña Bárbara de Rómulo Gallegos), o sea que iba a limitar mis viajes y mis investigaciones literarias a México. Esta etapa se inauguró con un viaje a Morelia para un congreso sobre el cuento donde me encontré con los viejos amigos Vicente Leñero, Silvia Molina, Juan Bruce Novoa y Luis Leal, éste también filatelista especializado en México. Para reflejar mi renovado entusiasmo por México, me puse a buscar los timbres que me hacían falta. Afortunadamente descubrí al mejor surtidor de timbres mexicanos en todo el mundo, Bill Shelton que vivía en San Antonio, Texas. Le compré varias piezas muy finas por correo antes de visitarlo en su casa durante una reunión de mexicanistas literarios, tanto mexicanos como norteamericanos. Entre otros, participaron José Emilio Pacheco,  John S. Brushwood, Frank Dauster y Juan Bruce Novoa. Shelton me permitió examinar su libreta de timbres decimonónicos mientras nos contábamos nuestras experiencias bélicas durante la Segunda Guerra Mundial. Yo no era más que un marinero común y corriente mientras Shelton había sido oficial y piloto en las Fuerzas Aéreas que también había luchado en las guerras de Corea y de Viet Nam. Al saber que Catalina era de Missouri, me regaló una bolsa de pacanas de su jardín.
            Seguí comprándole timbres mexicanos a Shelton hasta que murió en 1995. Para ese momento, ya tenía la colección bastante completa así es que tuve que empezar la sexta etapa buscando otro país para satisfacer mi vicio. Como nunca se me había olvidado mi promesa a Catalina de limitarme a los países de C, y para mantener vivos los recuerdos de mi papá, fallecido en 1964, decidí tratar de completar mi colección de las colonias británicas, pero limitándome al Caribe.

           

Durante varios años compré los timbres que me faltaban en las subastas mensuales que ofrecía por el Internet la compañía Apfelbaum, complementando así las dos colecciones más o menos completas de la Guiana Británica y de St. Kitts y Nevis que había comprado hace varios años a Peter Kennedi. No obstante, con el cambio de los siglos me di cuenta que Apfelbaum ya no cumplía con las condiciones anunciadas de las estampillas. Por ejemplo, si calificaban un timbre de “muy fino”, muchas veces el timbre estaba muy bien centrado pero tenía fragmentos de charnelas en la goma, fragmentos que no se veían en las fotos del Internet. Después de devolverles varios lotes, ya no aguanté más, así es que desde hace unos tres años (séptima etapa), en vez de participar por Internet en las subastas mensuales, asisto con mi hijo Allen a los stamp shows (exposiciones) dos o tres veces al año donde la empresa A y D (un matrimonio de setentones) no vende más que timbres de condición excelente. Hace un mes, después de comprarles varios timbres del Caribe británico, me fijé que A y D no ampliaban/renovaban su surtido en esa aérea del mundo. Pero en el mismo Show Sescal, de repente conocí a otro empresario especializado en México, con un surtido muy rico. Se trata del doctor en medicina Ray Ameen, de Houston, Texas. Quedé asombrado al ver los números 705-706 en muy buena condición, que me hacían falta para completar la serie Pro-Universidad de 1934. Como me mostraba indeciso por el gasto tan inesperadamente alto, mi hijo Allen me convenció que esa compra aumentaría el valor de toda la colección. En fin, a regañadientes compré los dos timbres a la vez que pensaba que el número de coleccionistas seguía bajando y que era posible que el correo electrónico acabara no sólo con el pasatiempo filatélico sino también con la emisión de estampillas en general. De todos modos, ya que los timbres más raros están escondidos en la caja fuerte del banco, estoy sintiendo menos tentación de inaugurar una octava etapa. Además, ¿qué otro país latinoamericano comienza con la letra C?  Chile obviamente no cuenta porque en español se considera el grupo Ch una sola letra, distinta de la C.

           

 

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The Online Literary and Cultural Journal of the Graduate Students of the Department of Spanish and Portuguese at the University of California, Irvine.


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